Va otra nota de Francisco Vázquez. Antes se le animó al boxeo; ahora, se le anima al fútbol de Kempes. Las fotos que acompañan esta nota las envió él. Gran texto para acercarse un poquito más al gran "matador" que tuvo nuestro fútbol.
“Fanatismo: defensa apasionada de creencias, opiniones, ideologías, etc.”. Así, lo define un común diccionario, mientras que la R.A.E. señala “tenaz preocupación, apasionamiento del fanático”.
En ese contexto, corresponde
ahora que explique las razones de mi exaltación, porque no vaya a ser que
piensen que lo mío es irreflexivo, no meditado.
Sucede que “Él” apareció en
nuestras vidas (o mejor dicho en la mía, porque no quiero involucrarlos en el
ardor de mi entusiasmo) casi de golpe, sin que percibiese que tenía un “antes”,
aunque el “después” fuese ciertamente magnífico, ya que nada volvió a ser
mediocremente gris como lo que le antecedió. Cuando atiné a una reacción, su
figura ya se había instalado en mis retinas -y en mi corazón- con la arrasadora
fuerza de las cosas verdaderamente revolucionarias, de esas que todo joven
lleva consigo pero que, doblado el codo de los treinta, tornan hacia la
resignación del conservadurismo y, en mi caso, la conformidad hacia la chatura
en la nos habían inmerso infames décadas precedentes ya se parecía
peligrosamente a la sumisión.
Era un verdadero huracán, barría
con cuanto obstáculo se opusiese a su implacable avance, y el desaliño de su
aspecto -alto, desgarbado y con desordenados pelos coronando su testa- le
otorgaban un aspecto casi salvaje frente a la atildada presencia de muchos de
sus contendientes que, justamente en esos detalles meramente formales,
ocultaban la pobreza de sus argumentos y la iniquidad de sus propósitos.
Muy lejos se había marchado sin
que, al menos yo, registrara el potencial que tenía y cuánto nos podía brindar.
Era audaz en su propuesta y corajudo en su ejecución, aun ante los poderosos
que siempre están al acecho, como los que cuatro años antes nos llevaran hasta
una gran frustración. Y, así como fue de revulsivo su advenimiento, su partida
a hurtadillas me dejó casi huérfano aunque, es de bien nacido reconocerlo, supo
sembrar para que quedasen retoños capaces de tomar su posta.
“Él” fue todo eso y mucho más.
Trajo alegría a la comarca de las tristezas. Los que nos sentíamos postergados
supimos que nunca más lo estaríamos. Los que veíamos al mundo desde un escalón
abajo, comenzamos a observarlo por encima del hombro, y comprendimos la
importancia y el rédito de estar rodeado de elementos valiosos para la
consecución de objetivos trascendentes.
Todo eso fue “El” y, recién
ahora, advierto que en mi fogoso fervor omití llamarlo como sus padres y el
Registro Civil lo inscribieron: Mario Alberto Kempes.
Definitivamente, soy un fanático
“K”.
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